La Habana Y La Historia De Sus Calles

Las calles de La Habana son una ruina.

Pero nuestro recuerdo imborrable no es el de la indiferencia.

Sino el de habitantes felices y habladores para quienes las calles son una parte vital de sus vidas.

La Habana Y La Historia De Sus Calles

La Habana Y La Historia De Sus Calles

Es el comienzo de la tarde cuando, por primera vez, bajamos las escaleras.

Atravesamos una puerta metálica y bajamos a las estrechas calles de la vieja Habana.

Abajo el aire es denso y húmedo.

Se pega a nuestra ropa, a nuestras manos y a nuestra cara.

Su sofocante cercanía nos envuelve y nos atrae a la ciudad.

Nos abrimos paso a lo largo de una calle empedrada iluminada por los débiles rayos de luz que escapan de las ventanas de la sala de estar.

A través de una puerta abierta, una familia se sienta en dos sofás acolchados.

Envueltos en un programa de televisión con el volumen alto.

Se comen enormes platos de arroz.

Una anciana se ocupa de una olla hirviendo y una tetera.

Un simple piso de una planta, donde todas las habitaciones se abren a la calle, con toda su vida a la vista.

Al lado, un logo rotativo rojo y blanco ilumina a un barbero haciendo sus últimos cortes del día.

Tres hombres esperan en su escalera, uno está de pie mientras los otros se sientan en cajas de madera.

Juegan al dominó en una mesa rota y comparten las historias del día.

Con una botella de ron y unas cuantas risas.

Un rato más tarde, un comerciante se inclina a través de un agujero que ha sido abierto a través de una pared.

Su tienda se asoma por una apertura improvisada de un viejo edificio.

Un edificio cuyo último piso se ha derrumbado, sus paredes están manchadas y agrietadas.

La pintura se está pelando y desmoronando.

Pero es sólo uno en una cantidad de ruinas que se deshacen lentamente.

Cerca de aquí una mujer tiende con cuidado su ropa en una barandilla de hierro que rodea un balcón cuyo suelo ya no existe.

Al otro lado de la calle otro edificio con una puerta abierta donde juegan dos niños.

Una puerta de madera se balancea libremente por una bisagra rota.

LA HABANA SE MUEVE A SU PROPIO RITMO.

A la vuelta de la esquina, una banda de cinco personas sonríe mientras tocan melodías.

Nos unimos a la multitud reunida enfrente.

Sentados en taburetes bajos, nuestras mesas crujen bajo el peso de los mojitos.

Algunos se levantan para bailar, otros cantan.

Nos sentamos, nos relajamos y dejamos que el ambiente nos absorba.

Después de unos tragos nos levantamos con calma y paseamos lentamente por la calle.

Un Chevrolet antiguo se acerca, sus faros desafían la oscuridad que se va acumulando cada vez más.

El vehículo debe tener más de 30 años, pero todavía está impecable.

Es de color rosa brillante.

Mientras se desliza, el conductor fuma un cigarro apenas visible bajo su sombrero de vaquero.

Seguimos el Chevy a la vuelta de la esquina y encontramos un viejo edificio colonial que sirve comida.

Una barra de madera con alcohol desde el suelo hasta el techo recorre todo el camino.

Con ventanas abiertas de par en par y macetas decoradas.

Esperando un poco de brisa, nos sentamos lejos de la barra y bajo un ventilador de techo que gira lentamente.

Un camarero nos entrega un menú plastificado.

Está arañado y descolorido y es difícil de leer.

Lo único que reconocemos es la Ropa Vieja, un clásico cubano, cocinado lentamente y servido con arroz.

Pedimos «ropa vieja» y dos cervezas.

Cuando llega la comida, la banda comienza a tocar.

Un aire caliente se extiende entre las notas y un lamento de nostalgia se remonta a otro tiempo.

Todo parece moverse.

La banda en el escenario, los turistas en las mesas, los lugareños encaramados en la ventana.

Incluso el lento ventilador de techo parece estar a punto.

INSOMNIO EN LA HABANA.

Más tarde esa noche luchamos por dormir.

Nuestro equipo de aire acondicionado suena sobre la cabeza.

Hace más ruido que un motor y enfría con la misma eficacia.

Con el aire todavía caliente y pegajoso, lo apago.

A través de las delgadas paredes, los vecinos ríen a carcajadas con el sonido alto de la televisión.

Un camión pasa gritando por la ventana, tosiendo y eructando.

Un carruaje de caballos golpea sobre los adoquines.

Los tubos de escape de los románticos coches antiguos de La Habana rugen por las calles.

Un gallo vive en el techo encima de nosotros.

Se rasca y picotea constantemente hasta las 4 de la mañana cuando empieza a cacarear como un poseído.

Su amigo del otro lado de la calle se une a él.

Comienza una batalla sobre quién hace más ruido.

Pronto se les unen los perros y gatos callejeros, y las gallinas que dividen su tiempo entre el patio y la cocina.

La cacofonía es interminable.

Salgo de la cama y vuelvo a encender el motor del aire, al menos es un zumbido más compacto.

A menudo he pensado que el ruido de la vida moderna me distraía.

En Cuba, el sonido de la tecnología se detuvo bruscamente en los años 50 lo que hace aún más ruido.

LO VIEJO Y LO NUEVO DE LA HABANA.

Al día siguiente, la cercanía de la noche ha sido arrastrada por una brisa marina.

La pintura descolorida de los viejos edificios y los adoquines de las calles de La Habana brillan suavemente con la luz de la mañana.

Niños vestidos con relucientes uniformes escolares se abren paso entre los trabajadores barriendo las calles y las carretas apiladas con fruta.

Nos abrimos paso a lo largo de los caminos y a través de las plazas.

Pasamos por las iglesias barrocas, los hoteles y las ruinas en decadencia.

Pasamos por las galerías de arte, las tiendas poco surtidas y los mercados turísticos.

En el parque, se reúnen cientos de personas.

Algunos juegan a la pelota, otros charlan con sus vecinos.

Algunos se quedan al sol.

Pero la mayoría revisa sus teléfonos.

Internet ha llegado a Cuba y el acceso sólo está disponible en los parques wi-fi públicos.

Usando una tarjeta de rascar vendida por el gobierno.

Una hora es el límite antes de tener que hacer la larga cola otra vez para comprar otra.

Paseando por las calles de la ciudad, la falta de acceso a los servicios es un placer y un dolor.

Atraído por una pizarra de sabrosas ofertas nos encontramos en una elegante mesa en un moderno café.

El personal elegantemente vestido silba por las mesas.

Pedimos dos cafes.

Son geniales, pero estos cafés no son compatibles con la ciudad que nos rodea.

El Museo de la Revolución no deja dudas sobre de quién es la historia que va a contar.

La historia es contada por los vencedores y en Cuba, Castro es el vencedor.

Su historia es la de un pueblo de clase obrera antes subyugado que se levanta contra sus amos coloniales.

Y trae la libertad, la paz y la igualdad a esta nación.

La historia de las vidas que salvó, la gente que educó y el sistema de salud que proporcionó.

Esa tarde, dejamos las calles del casco antiguo de La Habana.

Nos dirigimos al oeste al frondoso suburbio de El Vedado.

Nuestro taxi es un Lada de estilo soviético.

El aire acondicionado no funciona.

Tampoco las ventanas.

Tratamos de encontrar la manilla para bajarla, pero no hay ninguna.

El conductor nos pasa una llave inglesa que pegamos a una tuerca que sobresale de la puerta.

Problema resuelto.

Estamos avanzando por una amplia carretera que pasa por el paseo marítimo.

A un lado, un muro protege a la ciudad de las olas del Atlántico.

En el otro, las una vez magníficas casas yacen en ruinas abandonadas.

Con vistas al mar de gran alcance, debería ser la mejor calle de La Habana.

Pero no lo es.

Giramos en el malecón y nos movemos por los carriles que llevan a la amplia Plaza de la Revolución.

Observamos los enormes edificios de estilo soviético.

Eclipsados por las gigantescas estructuras metálicas del Che y Fidel mirando hacia atrás.

LOS NACIENTES COMIENZOS DE LA MODERNIDAD.

Salimos del taxi frente a una vieja fábrica de aceite de cocina que se ha convertido en un restaurante.

Está bastante bien reformado.

Una escalera de caracol de metal lleva a una habitación llena de turistas y de gente rica.

Otro piso más arriba, llegamos a un bar ubicado en una elegante chimenea cilíndrica.

Pedimos un par de gin-tonics y nos sentamos en el balcón que rodea la chimenea.

Nos atrae un pequeño escenario donde una voz encantadora fluye sobre las destrezas de un guitarrista.

La música de la ciudad vieja puede sonar como el tambor de hace 60 años.

Pero la Habana de la Fábrica de Artistas Cubanos es joven, genial y está ocupando su lugar en el mundo moderno.

LA HISTORIA DE LAS CALLES DE LA HABANA.

Al final de nuestra jornada, nos damos cuenta de que no sólo importa lo que hemos visto en las calles de La Habana.

Sino también lo que no hemos visto.

No hay señales de Coca-Cola rojas y blancas parpadeando en las ventanas.

No hay sirenas de Starbucks de dos colas colgando sobre las puertas.

Y no hay arcos dorados de McDonald’s.

En La Habana, los tótems del capitalismo no se ven por ninguna parte.

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